Cuentos populares
Cuentos populares «Éste sà es un verdadero hombre», pensó ella tirando con dificultad de la bota mojada. Por más que tiraba, no podÃa quitársela y esto le hizo gracia. Se rió muy bajito, pero sabÃa que él oÃa su risa y que esta risa influÃa en él tal como ella deseaba. Se rió más fuerte, y aquella risa alegre, natural y bondadosa influyó realmente sobre el padre Sergio tal como ella habÃa deseado.
«A un hombre como éste se le puede amar. ¡Qué ojos los suyos! ¡Y qué rostro más abierto, más noble y más apasionado!, por muchas que sean las oraciones que rece —pensó ella—. Las mujeres no nos engañamos. Tan pronto acercó su rostro al cristal y me vio, lo comprendà y lo supe. Lo leà en el brillo de sus ojos. Me amó, me deseó. SÃ, me deseó», decÃa sacando, por fin, zapato y bota y quitándose luego las medias. Para quitarse aquellas largas medias prendidas en elásticos, tenÃa que levantarse la falda. Sintió vergüenza y dijo:
—No entre.