Cuentos populares
Cuentos populares Pero del otro lado del tabique no llegó respuesta alguna. SeguÃa oyéndose el acompasado murmullo, al que se añadió el ruido de unos movimientos. «Se inclina hasta poner la frente en el suelo, no hay duda —pensó ella—; pero de nada le servirá —musitó—. Piensa en mÃ. Como pienso yo en él. Piensa en estas piernas mÃas», dijo quitándose las medias mojadas y recogiendo las desnudas piernas sobre el camastro. Permaneció sentada unos momentos, abrazándose las rodillas en actitud pensativa. «¡Cuánta soledad, cuánto silencio! Nadie sabrÃa nunca…». Abrió la estufa y puso las medias a secar. Después, pisando levemente el suelo con sus pies descalzos, volvió al camastro, donde se sentó otra vez con las piernas recogidas. Al otro lado del tabique no se oÃa ni el más leve ruido. Makovkina consultó el diminuto reloj que le pendÃa del cuello. Eran las dos de la madrugada. «Mis amigos han de venir a buscarme a eso de las tres». TenÃa a su disposición una hora escasa.
«¿He de permanecer todo este tiempo aquà sola? ¡Qué tonterÃa! No quiero. Ahora mismo lo llamo».
—¡Padre Sergio! ¡Padre Sergio! ¡Sergio Dmitrich, prÃncipe Kasatski!
Nada se oyó al otro lado del tabique.