Cuentos populares
Cuentos populares —Óigame, no sea usted cruel. No le llamarÃa si no le necesitara. Estoy enferma. No sé lo que me pasa —exclamó con voz quejumbrosa—. ¡Ay, ay! —gimió, dejándose caer sobre el camastro.
Y, cosa rara, se sentÃa realmente mal, creÃa desfallecer, le dolÃa todo el cuerpo, temblaba como si tuviera fiebre.
—Óigame, ayúdeme. No sé lo que me pasa. ¡Ay, Ay! —Se desabrochó el vestido, dejando los senos al aire, y extendió los brazos desnudos hasta los codos—. ¡Ay, ay!
El padre Sergio permanecÃa en su cuartucho rezando. Acabadas las oraciones vespertinas, se quedó de pie, inmóvil, fija la mirada en la punta de la nariz, componiendo una prudente oración y repitiendo con toda el alma: «Señor mÃo Jesucristo. Hijo de Dios, ten compasión de mû.