Cuentos populares

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Pero lo oía todo. Oyó el roce de la seda cuando ella se quitó el vestido, oyó las pisadas de los desnudos pies por el suelo, la oyó frotarse las piernas. Se sintió débil y comprendió que podía caer en cualquier momento. Por esto no dejaba de orar. Experimentaba algo semejante a lo que debía experimentar el héroe legendario obligado a caminar sin volver los ojos a su alrededor. Sergio notaba, sentía que el peligro y perdición estaban ahí, encima, en torno, y que sólo podía salvarse si no contemplaba a aquella mujer ni un instante. Pero de pronto se apoderó de él el deseo de verla. En aquel mismo momento dijo ella:

—Escúcheme, esto es inhumano. Puedo morirme.

«Sí, iré, como aquel padre que puso una mano sobre la mujer del pecado y la otra sobre una parrilla al rojo vivo. Pero no tengo parrilla». Miró a su alrededor. Vio el candil. Puso el dedo en la llama y frunció el ceño, dispuesto a resistir. Por unos momentos le pareció que no sentía ningún dolor, pero de repente, sin tener aún conciencia de si lo que sentía era dolor y cuál era su intensidad, hizo una mueca y retiró la mano sacudiéndola «No, no lo resisto».

—¡Por Dios! ¡Oh, socórrame! ¡Me muero, oh!

«¿Debo, pues, condenarme? No puede ser».


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