Cuentos populares
Cuentos populares Sergio levantó los ojos, que le brillaban con dulce y alborozado resplandor, y dijo:
—Dulce hermana, ¿por qué has querido perder tu alma inmortal? Las tentaciones son propias del mundo, pero ¡ay de aquel que las provoca!… Reza para que Dios te perdone.
Ella le escuchó y se le quedó mirando. De pronto notó el ruido de un lÃquido que caÃa gota a gota. Se fijó y vio que la sangre fluÃa de la mano de Sergio y bajaba por un costado de sus hábitos.
—¿Qué se ha hecho en la mano?
Recordó el ruido que acababa de oÃr, tomó el candil y penetró en el zaguán. En el suelo vio el dedo ensangrentado. Más pálida todavÃa que él, volvió a la reducida estancia y quiso decirle algo; pero el padre Sergio entró silenciosamente en el cuartucho del fondo y cerró la puerta.
—Perdóneme —dijo la mujer—. ¿Cómo podré alcanzar el perdón de mi pecado?
—Vete.
—Déjeme que le vende la herida.
—Vete de aquÃ.
Se vistió apresuradamente, sin decir palabra. Arrebujada en su abrigo, se sentó esperando la llegada de sus amigos. A lo lejos se oyeron unos cascabeles.
—Padre Sergio, perdóneme.
—Vete. Te perdonará Dios.