Cuentos populares
Cuentos populares Cada día acudía más gente y cada vez era menor el tiempo de que disponía para su confortamiento espiritual y para los rezos. A veces, en momentos luminosos, pensaba que se había convertido en una especie de paraje en el que antes hubiera habido una fuente. «Había una fuentecita de agua viva que manaba de mí, a través de mí. Entonces vivía la verdadera vida. Pero cuando “ella” (recordaba siempre con entusiasmo aquella noche y a ella, a la que llamaban ahora madre Agna) quiso seducirle, ella sorbió un poco de aquella agua pura. Desde entonces, empero, el agua no tiene tiempo de acumularse. Antes llegan los sedimentos, apretujándose. Lo han pisoteado todo. No queda más que barro». Así razonaba en algunos raros momentos de clarividencia; pero su estado habitual era de cansancio y enternecimiento ante sí mismo por dicho cansancio.
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