Cuentos populares

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Había llegado la primavera. En la víspera de Pentecostés el padre Sergio celebraba el oficio divino en su cueva, llena de gente. Cabrían unas veinte personas. Todas eran gente rica, señores y comerciantes. El padre Sergio abría las puertas a todo el mundo, pero el monje que velaba por él y otro de turno que diariamente enviaban a su retiro desde el monasterio, hacían la selección. La muchedumbre, unos ochenta peregrinos, entre los que predominaban las mujeres, se agolpaban en el exterior esperando la salida del ermitaño y su bendición. El padre Sergio decía la misa, y cuando iba a bendecir… la tumba de su antecesor, se tambaleó, y habría caído de no haberlo sostenido un mercader que estaba a su espalda y el monje que hacía las veces de diácono.

—¿Qué le pasa? ¡Padrecito, padre Sergio! ¡Pobrecito! ¡Señor Todopoderoso! —prorrumpieron las mujeres—. Ha quedado pálido como la pared.

Pero el padre Sergio se recobró en seguida, y aunque se sentía muy débil, se desprendió de los brazos del mercader y del diácono y siguió cantando la misa. El padre Serapión, el diácono, los acólitos y la señora Sofía Ivánovna, que vivía siempre junto a la ermita y cuidaba del padre Sergio, empezaron a suplicarle que interrumpiera la ceremonia.

—No es nada, no es nada —musitó el padre Sergio, sonriendo casi imperceptiblemente por debajo de sus poblados bigotes—, no interrumpáis el oficio.


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