Cuentos populares
Cuentos populares Se levantó, se acercó a la barandilla junto a la cual se agrupaba el tropel de gente y comenzó a bendecirla y a responder a las preguntas que le hacían. El sonido de una voz era tan débil, que él mismo se sorprendió. Sin embargo, pese a su buena voluntad, no pudo atender a todo el mundo. De nuevo se le enturbió la vista, vaciló y se agarró a la barandilla. Otra vez notó que le afluía la sangre a la cabeza. Primero se quedó pálido y luego, de pronto, se puso rojo.
—Realmente habrá que esperar hasta mañana, hoy no puedo —dijo, y después de bendecirlos a todos a la vez dirigió sus pasos hacia el banco.
El mercader volvió a agarrarlo por el brazo y le ayudó a caminar y a sentarse.
—¡Padre! —clamaba la muchedumbre—. ¡Padre! ¡Padrecito! ¡No nos abandones! ¡Estamos perdidos sin ti!
Una vez hubo ayudado al padre Sergio a sentarse en el banco bajo el olmo, el mercader se arrogó funciones de policía y se puso a dispersar enérgicamente a la muchedumbre. Verdad es que hablaba en voz baja, de manera que el padre Sergio no pudiera oírle, pero lo hacía en tono que no admitía réplica: