Cuentos populares
Cuentos populares —Está bien, pero he de rogarle otra cosa aún: no diga a nadie quién soy. Sólo me he descubierto a usted. Nadie sabe qué ha sido de mí. No ha de saberlo nadie.
—¡Ay, ya se lo he dicho a mi hija!
—Bueno, pídale que lo calle.
Sergio se quitó las botas, se acostó y quedó dormido en seguida, después de una noche de insomnio y de una caminata de cuarenta verstas.
* * *
Cuando Praskovia Mijáilovna regresó, Sergio estaba sentado en el cuartucho, esperándola. No salió a comer y tomó un plato de sopa y papilla que le llevó Lukeria.
—¿Cómo has venido antes de lo que me dijiste? —preguntó Sergio—. ¿Podemos hablar ahora?
—¿A qué debo yo la felicidad de tener una visita semejante? He dejado una lección para otro día… Yo soñaba con ir a visitarle, le escribí, y de pronto, ¡usted aquí! ¡Qué alegría!