Cuentos populares
Cuentos populares —¡Páshenka! Te ruego que tomes como en confesión las palabras que ahora te voy a decir; que sean como palabras dichas ante Dios a la hora de la muerte. ¡Páshenka! No soy ningún santo, no soy ni siquiera un hombre sencillo como todos. Soy un pecador, un pecador sucio, asqueroso, descarriado, orgulloso; no sé si soy el peor de todos, pero si soy peor que los hombres más ruines.
Al principio, Páshenka le miraba abriendo desmesuradamente los ojos; le creía. Pero cuando llegó a creerle del todo, puso una mano sobre la de él y dijo sonriendo piadosamente:
—Stepán, ¿no exageras un poco?
—No, Páshenka. Soy un lujurioso, un asesino, un blasfemo y un farsante.
—¡Dios mío! ¿Cómo es eso? —exclamó ella.
—Pero es necesario vivir. Y yo que creía saberlo todo, que enseñaba a los demás cómo hay que vivir, veo que no sé nada y vengo a pedirte consejo.
—No digas eso, Stepán. Te burlas. ¿Por qué siempre os reís de mí?
—Está bien, me río, me río; pero dime, ¿cómo vives tú y cómo has vivido?
—¿Yo? He llevado una vida desastrosa, ruin, y ahora Dios me castiga. Muy bien empleado. Vivo de una manera tan estúpida, tan estúpida…