Cuentos populares
Cuentos populares —SÃ, sà —dijo Kasatski inclinando la cabeza—. ¿Vas mucho a la iglesia, Páshenka? —interrogó.
—¡Ay, no me lo pregunte! Es tan difÃcil, me he abandonado tanto… Con los niños, ayuno y suelo ir; pero a veces paso meses enteros sin acercarme. Mando a los pequeños.
—¿Por qué no vas tú misma?
—A decir verdad —se sonrojó—, me da vergüenza ir rota a la iglesia, por mi hija y por mis nietecitos. No tengo vestido nuevo que ponerme. Además soy perezosa.
—¿Y en casa, rezas?
—SÃ, rezo maquinalmente, pero ¿qué valor tiene ese rezo? Sé que no está bien hacerlo asÃ, pero me falta el verdadero sentimiento. Uno no piensa más que en las pequeñeces de cada dÃa…
—SÃ, es cierto —musitó Kasatski, como si aprobara aquellas palabras.
—Ya voy, ya voy —exclamó ella respondiendo a una llamada del yerno, y salió de la habitación después de haberse ajustado la trenza en la cabeza.
Esta vez tardó en volver. Cuando regresó, Kasatski continuaba sentado en la misma posición, apoyados los codos sobre las rodillas y baja la cabeza; pero se habÃa puesto ya la bolsa a la espalda.