Cuentos populares

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Ella entró con un candil de hojalata, sin pantalla. Kasatski la miró con sus ojos magníficos y cansados y suspiró profundamente.

—No les he explicado quién es usted —comenzó a decir tímidamente—. Sólo les he dicho que es un peregrino de familia noble y que yo le conocía. Vamos al comedor a tomar el té.

—No…

—Bueno, lo traeré aquí.

—No, no necesito nada. Que Dios no te deje de la mano, Páshenka. Me voy. Si tiene compasión de mí, no digas a nadie que me has visto. Por Dios redivivo te lo pido. Perdóname, por amor de Dios.

—Bendígame.

—Te bendecirá Dios. Perdóname, por amor de Jesucristo.

Quería irse, pero ella no le dejó salir sin darle antes pan, unas rosquillas y mantequilla. Kasatski lo tomó y se fue.

La calle estaba oscura, y aún no había andado más de dos casas, cuando Páshenka lo perdió de vista y sólo pudo comprobar que Kasatski proseguía su camino al oír que el perro del arcipreste lo saludaba con sus ladridos.


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