Cuentos populares

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—Dios dirá. A Él vamos. ¿Lo merecemos?

Preguntaron al viejo soldado. Respondió que era solo y que no tenía donde meterse.

Preguntaron a Kasatski quién era.

—Un esclavo del Señor.

—Qu’est-ce qu’il dit? Il ne répond pas.

—Il dit qu’il est un serviteur de Dieu.

—Cela doit être un fils de prêtre. Il a de la race. Avez-vous de la petite monnaie?[20].

El francés tenía calderilla y dio veinte kopeks a cada uno de los caminantes.

— Mais dites-leur que ce n’est pas pour des cierges que je leur donne, mais pour qu’ils se régalent de thé; té, té, —dijo sonriéndose—; pour vous, mon vieux[21] —añadió dándole a Kasatski unas palmaditas en el hombro con su mano enguantada.

—Que Jesucristo nos salve —respondió este último sin ponerse el gorro e inclinando su cabeza calva.

A Kasatski este encuentro le dio particular alegría, porque despreció la opinión de la gente e hizo lo más sencillo e insignificante: tomó humildemente los veinte kopeks y los dio a un compañero suyo, a un mendigo ciego. Cuanta menos importancia tenía la opinión de los hombres, tanto más intensamente dejaba sentir su presencia Dios.


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