Cuentos populares
Cuentos populares Hacia las siete de la tarde, después de haber tomado té, salí de una estación cuyo nombre no recuerdo. Era cerca de Novocherkask, en la Tierra de los Cosacos del Don. Había anochecido ya, cuando envuelto en la pelliza y tapado con una manta, me instalé en el trineo junto a Aliosha. Reinaba una gran calma y el tiempo era apacible. En aquel momento no nevaba; sin embargo, no se veía ni una sola estrella y el cielo parecía muy bajo y negro, en comparación con la llanura blanca, cubierta de nieve, que se extendía ante nosotros.
Apenas habíamos pasado ante los molinos, que semejaban unas figuras —las enormes aspas de uno de ellos giraban torpemente— y habíamos dejado atrás la aldea cosaca, noté que había más nieve en el camino y que se hacía más difícil avanzar.
El viento empezó a soplar con mucha fuerza, llevándose hacia la izquierda las colas y las crines de los caballos y la nieve que levantaba el trineo. El sonido de los cascabeles se volvió más tenue, el aire frío me penetró por las mangas hasta la espalda; y entonces recordé el consejo del maestro de postas de que hubiera sido mejor no salir, porque había peligro de extraviarse y perecer helado.
—¿No nos iremos a perder? —le pregunté al cochero. Al no obtener respuesta, hice la pregunta de otro modo: ¿Crees que llegaremos a la estación, cochero? ¿No nos extraviaremos?