Cuentos populares

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—¡Dios sabrá! —respondió sin volver la cabeza—. ¡Menuda borrasca! No se ve el camino… ¡Ay, señor!

—Dime, ¿crees que llegaremos a la estación o no? —insistí.

—Tenemos que llegar —me dijo, añadiendo algo que no pude oír por el viento.

No quería volver a la estación de postas, pero tampoco me parecía divertido pasarme toda la noche errando con aquella borrasca, en esa parte de la Tierra de los Cosacos del Don que es una estepa desierta. Además, a pesar de que me había sido imposible examinar al cochero en aquella oscuridad, no me gustaba ni me infundía confianza. Se había sentado en el centro del pescante en lugar de ponerse a un lado. Era extraordinariamente alto, tenía una voz indolente y su enorme gorra, que no parecía la de un cochero, se bamboleaba de un modo extraño sobre su cabeza. No había acuciado a los caballos como se suele hacer, sino sujetando las riendas con ambas manos, como lo hubiera podido hacer un lacayo al ocupar el pescante.

No sé por qué, lo que más me hizo desconfiar de él fue el pañuelo que llevaba para protegerse las orejas. En una palabra, no parecía prometer nada bueno aquella espalda encorvada que veía ante mí.


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