Cuentos populares
Cuentos populares Era evidente que, aún cuando era un hombre cobarde, se había tranquilizado por completo desde el momento en que ya no debía ser el guía, ni pesaba sobre él la responsabilidad. Con toda calma, empezó a hacer observaciones sobre los errores que cometía el cochero que iba al frente, como si aquello no tuviera nada que ver con él. En efecto, observé que, a veces, la primera troika se ponía ante nosotros de perfil del lado izquierdo; a veces, del derecho, e incluso me pareció que estábamos dando vueltas en un espacio muy pequeño. Claro que eso podía ser debido a una ilusión óptica, lo mismo que cuando se me figuraba que subíamos a una montaña o que bajábamos por una pendiente, ya que la estepa era llana por doquier.
Al cabo de un rato, divisé una franja negra muy larga que se movía en el horizonte, según me pareció. Pero no tardé en comprender que se trataba del convoy que habíamos dejado atrás. Lo mismo que antes, la nieve seguía cayendo encima de las ruedas, que chirriaban, y algunas de ellas ni siquiera giraban ya; los hombres dormían tranquilamente bajo las harpilleras y el caballo pío, abriendo mucho las ventanas de la nariz, olfateaba el camino y enderezaba las orejas.