Cuentos populares

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Pero el que daba los consejos no se molestaba en desenganchar al caballo de varas, ni se bajaba del trineo para buscar el camino, ni siquiera asomaba las narices del armiak con que se cubría. Ignashka le propuso que guiase, ya que sabía hacerlo; replicó que si llevase el correo sabría dar con el camino.

—Nuestros caballos no quieren ir a la cabeza cuando hay borrasca. No sirven para eso —gritó.

—Entonces, no te metas en lo que no te importa —exclamó Ignashka, silbando jovialmente.

El hombre que iba con el que daba consejos no decía nada a Ignashka; sin embargo, me di cuenta de que no dormía, porque llevaba la pipa encendida. Además, cuando nos deteníamos, llegaba hasta mí su monótona cháchara. Estaba contando un cuento. Pero, a la sexta o séptima parada, sin duda molesto por la interrupción, gritó a Ignashka:

—¿Para qué te paras otra vez? Si no vas a dar con el camino. Con esta borrasca no podría encontrarlo ni un agrimensor… Debemos seguir, mientras los caballos quieran andar. No creo que nos helemos del todo…

—Pues el año pasado se heló un cartero —intervino mi cochero.

El de la tercera troika no se despertó en todo el tiempo. De pronto, el que daba consejos, empezó a llamarlo:


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