Cuentos populares

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A derecha e izquierda, todo aparecía blanco, deslumbrante. En vano buscan los ojos algún objeto, no se ve nada: ni postes, ni haces de heno, ni valla alguna. Todo lo que se divisa es blanco y movible. Ora el horizonte parece estar inmensamente lejos; ora, se diría que está a dos pasos; otra desaparece para resurgir delante y huye cada vez más veloz, hasta que se pierde de vista. Al mirar hacia arriba, se creería que todo aparece claro, que se vislumbran estrellas a través de la bruma; pero éstas se elevan tanto, que no queda sino la nieve que cae ante los ojos, cubriéndome la cara y el cuello de la pelliza. El cielo está claro, incoloro, movible por doquier. El viento parece cambiar de dirección: tan pronto sopla de frente y la nieve me ciega; tan pronto me levanta el cuello de la pelliza por un lado y me azota la cara; tan pronto, por detrás y penetra por todas las rendijas del trineo. Incesantemente, se oye el ruido de los cascos de los caballos, el de los trineos y el tintineo de los cascabeles, que se extingue cuando pasamos por sitios donde la nieve alcanza gran altura. De cuando en cuando, si el viento viene de frente y nos deslizamos por una llanura helada, sin nieve, se perciben distintamente los enérgicos silbidos de Ignashka y el sonido vibrante de los cascabeles con la quinta trémula. Al principio, estos sonidos rompen el triste carácter de la estepa; pero, al cabo de un rato, resultan monótonos, y se repite con una precisión insoportable la melodía que, involuntariamente, espero oír. Uno de mis pies empieza a helarse. Cuando me muevo tara taparme mejor, la nieve de mi gorro y la del cuello de mi pelliza se me deslizan por el escote, y me obligan a estremecerme. Sin embargo, como estoy bien arrebujado, me encuentro a gusto y el sueño me vence.


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