Cuentos populares
Cuentos populares Luego, sin saber por qué, veo el estanque. Con el agua hasta las rodillas, los criados arrastran la red y Fiodor Filipovich, con una regadera en la mano, corretea por la orilla, dando instrucciones. A ratos, sujeta los dorados pececillos, suelta el agua turbia y echa agua clara. Es un mediodÃa del mes de julio. Camino por un prado, que acaban de segar, bajo los ardientes rayos del sol. Soy muy joven. Tengo la sensación de que falta algo, de que deseo algo. Voy al estanque, a mi lugar preferido. Está entre unos rosales silvestres y un paseo de álamos blancos. Me echo a dormir. Recuerdo la sensación que me embargó mientras permanecà mirando a través de los tallos rojizos, cubiertos de pinchos de los rosales, la tierra negra y reseca, y el estanque de un azul intenso, que semejaba un espejo. Sentà una satisfacción ingenua mezclada de tristeza. Todo en torno mÃo era bello e influÃa sobre mà de tal modo que me consideré bueno y me molestó que nadie me admirase. HacÃa calor. Procuré dormir para consolarme; pero las insoportables moscas no me dejaron en paz, ni siquiera en ese lugar. Reunidas en torno mÃo, daban saltitos sobre mi frente y mis manos. A la hora de más calor, una abeja zumbó cerca de mà y varias mariposas de alas amarillas revolotearon de una brizna de hierba a otra. Miré hacia arriba. El sol me hirió en los ojos. Eran demasiado resplandecientes los rayos que se filtraban a través de las rizosas ramas del abedul que se mecÃa suavemente en lo alto, por encima de mi cabeza. Me cubrà el rostro con un pañuelo. HacÃa un calor sofocante. Tuve la sensación de que las moscas se me quedaban pegadas en las sudorosas manos. HabÃa una infinidad de gorriones entre los rosales. Uno de ellos saltó al suelo, a un arshin de distancia de mÃ, picoteó la tierra y voló, lanzando un alegre trino. Otro hizo lo mismo; y, tras de levantar la colita, siguió a su compañero, raudo como una flecha. Desde el estanque se oyó golpear ropa mojada con palas de madera. También se percibieron las risas y las zambullidas de los bañistas. Una ráfaga de viento rumoreó entre las copas de los árboles, agitó las hojas de los rosales y, llegando hasta mÃ, levantó un extremo del pañuelo con que me habÃa cubierto la sudorosa cara y me hizo cosquillas. Una mosca que se habÃa deslizado bajo el pañuelo, se debatió asustada junto a mi boca. Sentà que una rama seca se me incrustaba en la espalda. No podÃa seguir acostado; tenÃa que ir a bañarme. De pronto, se oyeron unos pasos apresurados y una vez femenina asustada: