Cuentos populares

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Me señalan la superficie lisa del estanque, que el vientecillo riza ligeramente a ratos. No comprendo cómo ha podido ahogarse ese hombre. El agua por encima de él sigue siendo bella, tersa y serena, con sus reflejos dorados bajo el sol de mediodía. Me parece que no puedo hacer nada extraordinario, ni sorprender a nadie, sobre todo porque nado muy mal. El mujik se está quitando la camisa; no tardará en echarse al agua. Todos lo miran esperanzados, con el corazón en un hilo. Pero, una vez que se adentra en el estanque, cuando el agua le llega al cuello, vuelve lentamente a la orilla y se pone la camisa: no sabe nadar.

Acude gente sin cesar, la multitud aumenta. Las mujeres se sujetan unas a otras. Pero nadie presta ayuda a la víctima. Los recién llegados dan consejos, lanzan suspiros y sus semblantes reflejan miedo y horror. Algunos, cansados de estar en pie, se sientan en la hierba y otros se van. La vieja Matriona pregunta a su hija si ha echado la llave de la estufa; el chiquillo de la levita larga se entretiene tirando guijarros al agua.

De pronto, veo a Trezorka, el perro de Fiodor Filipovich. Baja de un cerro a todo correr, ladrando y volviendo la cabeza. Y, entre los rosales, surge la figura de su amo, que también acude presuroso.

—¿Qué hacéis? —vocifera, quitándose la levita, sin dejar de correr—. ¡Se está ahogando un hombre y estáis ahí, pasmados! ¡Traed una cuerda!


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