Cuentos populares
Cuentos populares Durante un cuarto de hora, permanecà despierto, entreteniéndome en examinar la figura de mi nuevo cochero y los caballos. Ignashka se mantenÃa erguido en actitud valiente. Sin cesar, blandÃa el látigo, animaba a los animales, daba golpecitos con un pie contra otro y, echándose hacia delante, arreglaba la retranca del caballo de varas, que se deslizaba hacia la derecha. No era un hombre alto; pero, sin duda, estaba bien constituido. Encima de una pelliza corta, llevaba un armiak desabrochado y echado hacia atrás, lo que le dejaba el cuello al descubierto. Sus botas eran de cuero y no de fieltro. TenÃa la cabeza cubierta con un gorro muy pequeño, que constantemente se quitaba para arreglárselo, y se protegÃa las orejas únicamente con los cabellos. Sus movimientos no sólo denotaban energÃa, sino, según me pareció, también deseos de provocarla. Cuanto más avanzábamos, tanto más a menudo cambiaba de postura, daba saltitos, se golpeaba un pie contra el otro y nos dirigÃa la palabra a mà y a Aliosha. Me pareció que temÃa desanimarme. Y no le faltaban motivos. Los caballos eran buenos, desde luego; pero el camino se ponÃa cada vez más difÃcil y era evidente que corrÃan cada vez con mayor desgana. Ya era preciso fustigarlos. El de varas, un animal grande y peludo, habÃa tropezado dos veces. El de la derecha —lo observaba sin querer— esperaba a que lo acuciaran; pero, como se trataba de un caballo fogoso, parecÃa irritarse de su debilidad, y bajaba y alzaba la cabeza, como pidiendo que soltaran las riendas. Era terrible ver que la borrasca y la helada se intensificaban, que el camino se ponÃa más difÃcil y que se debilitaban los caballos. Decididamente, no sabÃamos dónde estábamos, ni por dónde ir para llegar, no ya a una estación de postas, sino a cualquier refugio. Resultaba extraño y ridÃculo, al mismo tiempo, oÃr los cascabeles que sonaban de un modo tan alegre, tan libre, y la hermosa voz de Ignashka. Era como si paseáramos en invierno por las calles de una aldea, en un mediodÃa festivo y soleado. Sobre todo, se hacÃa raro pensar que seguÃamos avanzando, que avanzábamos veloces, alejándonos del lugar en que nos encontrábamos.