Cuentos populares
Cuentos populares Ignashka entonó una canción en un falsete desagradable. Cantaba muy alto y silbaba con toda su alma durante las prolongadas pausas que hacÃa, de manera que, oyéndolo, hubiera sido ridÃculo tener miedo.
—Oye, Ignat. ¿Para qué te destrozas la garganta? —se dejó oÃr la voz del que daba consejos—. ¡Para un momento!
—¿Qué dices?
—¡Que pa-a-a-res!
Ignat detuvo el trineo. Volvió a oÃrse el aullar del viento. Formando remolinos, la nieve empezó a caer más espesa sobre el trineo. El que daba consejos se acercó a nosotros.
—¿Qué hay?
—Ya vez… ¿Hacia dónde debemos tirar…?
—¿Quién diablo puede saberlo?
—¿Por qué das esos golpes? ¿Es que se te han helado los pies?
—Completamente.
—A lo mejor, aquello que vemos allà es un campamento de calmucos. DebÃas ir a ver… Asà te entrarÃan en calor los pies…
—Bueno. Sujeta los caballos… Ten.
Ignat corrió en dirección que le habÃa indicado el cochero.