Cuentos populares
Cuentos populares Cuando la yeguada regreso al anochecer, pudo distinguir a lo lejos una masa roja rodeada de perros, de cuervos y de halcones, que parecían disputarse alguna presa. Un perro, con las patas delanteras llenas de sangre, tiraba con fiereza un pedazo de carne. La pequeña yegua alazana contempló aquel espectáculo sin moverse, y fue necesario que le pegasen para que siguiese su camino.
Durante la noche se oyeron los aullidos de los lobeznos, que se regocijaban con la presa que habían encontrado. Cinco de ellos rodeaban el cadáver del pobre viejo, y se disputaban los jirones de su carne.
Ocho días después, detrás del corral, sólo se veía un cráneo blanco y dos fémures. Lo demás había desaparecido. En el verano siguiente, un aldeano que pasó por aquel sitio recogió los huesos y los vendió.
El cadáver vivo de Nikita, que aún seguía comiendo y bebiendo, no fue depositado en la tierra, sino años después. Ni su piel, ni su carne, ni sus huesos sirvieron para nadie.