Cuentos populares
Cuentos populares Era tal y como me había imaginado: bajito, delgado, de rostro surcado de arrugas, de barba rala, nariz afilada y dientes amarillos y cariados. Llevaba una gorra nueva de cochero, pero su pelliza estaba raída y manchada. Los bajos, rotos, no le llegaban a las rodillas, y dejaban ver su pantalón de lienzo remetido en las enormes botas de fieltro. Estaba encogido, ceñudo, le temblaban las rodillas y se le contraían los músculos de la cara. Empezó a afanarse junto al trineo, sin duda para entrar en calor.
—¿Qué hay, Mitrich? Ofrécenos media botellita; así entrarás en calor —le dijo el cochero que daba consejos.
Mitrich se estremeció. Tras de arreglar la retranca de uno de los caballos, se dirigió a mí:
—Toda la noche hemos andado buscando el camino para ti, barin —dijo, quitándose la gorra, con lo que dejó al descubierto sus cabellos canosos—. ¿No nos vas a ofrecer siquiera media botella? Anda, excelencia, que yo no tengo para pagármela y así no hay quien entre en calor —añadió, con una sonrisa servil.
Le di veinticinco kopecks. El tabernero trajo un vaso y se lo tendió al viejecito. Tras de quitarse el guante, éste alargó su pequeña mano morena, picada de viruelas y ligeramente azulada; pero el dedo gordo, como si no fuera suyo, se negó a obedecerle: no pudo agarrar el vaso que cayó sobre la nieve.