Cuentos populares
Cuentos populares No era de tez morena, enjuto y de nariz recta, como me había figurado a juzgar por sus cabellos y su constitución, sino un chato, de rostro redondo y alegre, boca muy grande y ojos de un azul intenso. Tenía el cuello y las mejillas tan colorados como si se los hubiera acabado de frotar; y sus cejas, sus largas pestañas y su barbilla estaban cubiertas de nieve.
Faltaba media versta para llegar a la estación de postas. Nos detuvimos.
—Bueno; pero démonos prisa —dije.
—Sólo un momentito —replicó Ignashka y, apeándose de un salto, se acercó a Filip—: Venga, traiga —dijo, mientras se quitaba el guante de la mano derecha y lo arrojaba en la nieve, junto con el látigo.
Después, con la cabeza echada hacia atrás, se bebió de un trago la copita de vodka que le había tendido el otro. El tabernero, sin duda un cosaco retirado, salió a la puerta con una botella en la mano.
—¿A quién sirvo? —preguntó.
Vasili, el cochero alto —un joven rubio, delgado, con barba de chivo— y el que daba consejos —un hombre grueso, de barba blanca, muy poblada, que enmarcaba su colorado rostro— se acercaron a tomar una copita cada uno. El viejecito llegó hasta el grupo de bebedores; pero, al ver que no le ofrecían vodka, se fue junto a los caballos, atados a la trasera del trineo, y se puso a acariciar a otro de ellos.