Cuentos populares
Cuentos populares Por la noche, su hermano organizó una partida de cartas. Cuando Mijail Ivánovich se hubo retirado a la habitación que le habÃan preparado y se quitaba la dentadura postiza, alguien dio dos golpecitos en la puerta.
—¿Quién es?
—C’est moi, Michel.
El prÃncipe reconoció la voz de su cuñada. Hizo una mueca, volvió a ponerse la dentadura; y, mientras se preguntaba qué diablos podÃa necesitar, exclamó:
—Entrez.
Su cuñada era una mujer dulce y tranquila, que obedecÃa en todo a su marido. No obstante, algunos la consideraban estrambótica, y otros, incluso tonta. Aunque se trataba de una mujer bastante bien parecida, siempre iba despeinada y mal vestida; y, a veces, con gran asombro de Piotr Ivánovich y de los conocidos, exponÃa unas ideas muy extrañas, nada aristocráticas, que no cuadraban en absoluto a la esposa de un mariscal de la nobleza.
—Vous pouvez me renvoyer, mais je ne m’en irai pas, je vous le dis d’avancé[22] —empezó diciendo, con la falta de lógica que le era propia.
—Dieu préserve —replicó Mijail Ivánovich; y le acercó un sillón, con su habitual cortesÃa, un tanto exagerada—. Ça ne vous dérange pas?[23] —añadió, sacando un cigarrillo.