Cuentos populares
Cuentos populares —Escuche, Michel; no he de decirle nada desagradable. Sólo quería hablarle respecto de Liza.
Mijail Ivánovich suspiró; probablemente eso le resultaba doloroso; pero no tardó en recobrarse y, sonriendo con expresión cansada, dijo:
—Mi conversación con usted sólo puede ser sobre un tema, precisamente sobre el que quiere hablarme.
Al pronunciar estas palabras, el príncipe evitó mirar a su cuñada, así como nombrar el tema de la conversación. Pero ella, la mujer regordeta y bien parecida, no se turbó; y continuó mirando a Mijail Ivánovich, con sus ojos azules, bondadosos y suplicantes.
—Michel, bon ami, apiádese de ella. Liza también es una persona —añadió, con un profundo suspiro, lo mismo que el de Mijail Ivánovich.
—Nunca lo he dudado —replicó éste, con una sonrisa desagradable.
—Es su hija.
—Lo era. Pero, querida Aline, ¿a qué viene esta conversación?
—Michel: tiene usted que verla. Quería decirle que el culpable de todo…
El príncipe Mijail Ivánovich se arrebató; y su rostro se tornó terrible: