Cuentos populares
Cuentos populares Su impotencia para luchar se acentuó, debido a no tener a qué aferrarse. Su vida mundana, tan superficial y falsa, se le había vuelto odiosa. No quería a su madre; y se imaginaba que su padre la había apartado de sí. Deseaba ardientemente vivir la vida y no jugar a vivir; y se representaba la realización de sus deseos en el amor, en un amor completo de mujer a hombre. Su naturaleza, saludable y apasionada, la arrastraba a lo mismo. Liza creía que la verdadera vida estaba en él, en ese hombre de alta y apuesta figura, de cabellos rubios y tiesos mostachos, bajo los que resplandecía una sonrisa atractiva y poderosa. En él veía la promesa de lo mejor que existe en el mundo. Así, pues, esa sonrisa y esas miradas, esas esperanzas y esas promesas de algo magnífico e irrealizable, la condujeron a lo que debían conducirla, inevitablemente. Y, de pronto, todo lo que parecía encantador, espiritual y alegre, todo lo que estaba lleno de esperanza, se tornó repulsivo, brutal, triste y desesperante.