Cuentos populares
Cuentos populares No hubiera podido decir el día en que comenzó aquello. En casa de su tía había un invitado, de nacionalidad sueca. Solía hablar de su trabajo, de su pueblo y de una novela que estaba escribiendo: Liza ignoraba cuándo y cómo habían empezado aquellas miradas y aquellas sonrisas, cuyo sentido no hubiera podido expresar por medio de palabras, pero que, según ella, sobrepasaban todo lenguaje. Les revelaban a ambos, no sólo sus almas, sino también unos misterios magnos e importantísimos, comunes a toda la humanidad. Gracias a esas sonrisas, cada palabra pronunciada por el sueco adquiría un significado grandioso. Y también la música, siempre que la oían juntos cantaban a dúo. Lo mismo ocurría con los libros, leídos en voz alta. A veces discutían, defendiendo cada uno su opinión; pero bastaba que se encontrasen sus ojos y que se sonrieran, para que la discusión cayese por tierra, mientras el sueco y Liza se elevaban a unas regiones que sólo les estaban reservadas a ellos. Liza no sabía cuándo había sucedido esto. Ignoraba cómo y cuándo había surgido el diablo entre esas miradas y esas sonrisas, envolviéndolos a ambos al mismo tiempo; pero cuando tuvo miedo, los hilos invisibles que los unían estaban entrelazados ya, con tal fuerza, que se sintió impotente para liberarse; y puso sus esperanzas en él, en su caballerosidad. Esperaba que el sueco no se valiera de su fuerza, aunque eso era lo que deseaba vagamente.