Cuentos populares

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Durante los primeros tres años, las cosas marcharon bien; pero, luego, los bailes, las veladas, los conciertos, las cenas, los peinados y los trajes de noche, que realzaban la belleza del cuerpo; los pretendientes —unos jóvenes y otros de edad, pero todos iguales, que parecían saberlo todo y tener derecho de aprovecharse y de reírse de cuanto tuvieran delante—; los meses de verano en el campo, los mismos paisajes, que sólo proporcionaban placeres superficiales, la música y la lectura que planteaba los problemas de la vida, pero no los resolvía… Cuando todo esto duraba ya siete u ocho años, sin prometer cambio alguno, e iba perdiendo cada vez más el encanto, Liza se sumió en la desesperación y deseó la muerte. Sus amigas procuraron atraerla hacia las actividades benéficas. Y, entonces, vio la miseria auténtica, que repelía, y la miseria fingida, aún más digna de lástima y más repulsiva, así como la terrible frialdad de las damas del patronato, que llegaban en sus coches, avaluados en miles de rublos, vestidas con lujosos atuendos; y se sintió aún más desesperada. Deseaba hallar algo auténtico: vivir, y no jugar a la vida. El mejor de sus recuerdos era el amor que sintiera por un cadete, al que llamaban Koko. Había sido un sentimiento bueno y honesto; pero ya no podía haber nada semejante. Cada vez estaba más triste; y cuando fue a Finlandia a casa de su tía, se encontraba en ese estado de ánimo. El nuevo ambiente, la naturaleza y la gente, tan distinta; todo le resultó interesante y atractivo.


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