Cuentos populares
Cuentos populares Cuando, finalmente, se marchó a San Petersburgo, el sueco le escribió unas cuantas veces, prometiéndole que iría a reunirse con ella: pero después dejó de escribir, y desapareció. La muchacha trató de vivir lo mismo que antes; mas le fue imposible. Empezó a sentirse mal. Y, aunque la pusieron a tratamiento, su estado empeoraba constantemente. El día en que se convenció de que no podría ocultar lo que iba a sobrevenir, decidió suicidarse. Y quería hacerlo de modo que la muerte pareciera natural. Se procuró veneno; y lo hubiera tomado, a no ser porque, en el momento en que se disponía a hacerlo, irrumpió en la habitación su sobrino, el hijo de su hermana, un niño de cinco años. Venía a enseñarle un juguete que le acababa de regalar su abuela. Liza atendió al niño; y, repentinamente, estalló en sollozos. Pensó que hubiera podido ser madre si el sueco no estuviera casado. Y la idea de la maternidad la obligó a reconcentrarse y a pensar en su vida auténtica y no en lo que pensarían y dirían de ella los demás. Le parecía fácil suicidarse, teniendo en cuenta la opinión de la gente; pero, por ella misma, le resultaba imponible. Tiró el veneno y abandonó la idea del suicidio. Desde entonces, empezó a vivir su vida interior, que, aunque atormentadora, era una vida auténtica. Y ya no pudo ni quiso apartarse de ella. Empezó a rezar —no lo hacía desde mucho tiempo atrás—; pero eso no la alivió. No sufría por sí misma, sino por el dolor de su padre, al que comprendía y compadecía; sin embargo, no veía el medio de evitarlo. Su vida transcurría así, por espacio de varios meses, cuando, de repente, sobrevino un acontecimiento que pasó inadvertido para los demás, transformando por completo su existencia. Un día, mientras hacía una manta de punto, sintió una extraña sensación dentro de sí, como si alguien se moviera en sus entrañas.