Cuentos populares
Cuentos populares —¡No puede ser! ¡No puede ser! —exclamó, quedando petrificada, con el ganchillo y la labor entre las manos.
Al cabo de un rato, sintió de nuevo aquel asombroso movimiento dentro de sÃ. ¿Era posible que fuera una criatura? ¿Un niño o una niña? Y olvidándolo todo, olvidando la vileza y la mentira del sueco, la irascibilidad de su madre y el dolor de su padre, sonrió; pero no con la sonrisa abominable con que solÃa corresponder a las de su amante, sino con una sonrisa pura, radiante y alegre.
Y se horrorizó de haber podido matarlo a «él» al suicidarse. Se concentró, preguntándose dónde irÃa para ser madre, una madre desgraciada y digna de lástima; pero madre, al fin. Después de hacer una serie de proyectos y de arreglarlo todo, se instaló en una lejana ciudad de provincia, donde esperaba estar alejada de los suyos. Pero, para desgracia suya, nombraron gobernador de dicha ciudad a un hermano de su padre, cosa que nunca se hubiera podido figurar.
HacÃa ya cuatro meses que vivÃa en casa de una comadrona, llamada MarÃa Ivanovna, cuando se enteró de que su tÃo se hallaba en la misma ciudad; y se dispuso a marcharse.