Cuentos populares
Cuentos populares El prÃncipe permanecÃa inmóvil, mirándola. Liza habÃa adelgazado, tenÃa los ojos más grandes, la nariz más afilada y las manos muy enjutas. Su padre no sabÃa qué decir ni qué hacer. En aquel momento olvidó lo que pensara acerca de su oprobio; sólo sentÃa lástima de ella. La compadecÃa, porque habÃa adelgazado, porque iba mal vestida y, sobre todo, porque su rostro lastimoso tenÃa una expresión suplicante, mientras clavaba los ojos en él.
—Papá, perdóname —pronunció, acercándose al prÃncipe.
—Perdóname tú a mÃ…, tú a mÃ… —replicó éste; y, sollozando como un niño, le cubrió de besos el rostro y las manos.
La compasión por su hija reveló al prÃncipe su propio yo. Y, al darse cuenta de cómo habÃa sido en la realidad, comprendió hasta qué punto era culpable ante ella, por su orgullo, su frialdad e, incluso, sus malos sentimientos. Le alegró el hecho de no tener que perdonar, sino, por el contrario, pedir que le perdonasen.
Liza lo condujo a su habitación; le contó la vida que hacÃa; pero no le enseñó a su hijo, ni mencionó para nada el pasado, sabiendo que eso le era doloroso. El prÃncipe le dijo que debÃa instalarse de otro modo.
—Es verdad; si pudiera ir a la aldea…
—Ya pensaremos en esto.