Cuentos populares
Cuentos populares Repentinamente se oyó el llanto del niño, al otro lado de la puerta. Liza abrió desmesuradamente los ojos y, sin quitarlos del rostro de su padre, se quedó perpleja e indecisa.
—Tienes que darle el alimento —dijo Mijail Ivánovich, frunciendo las cejas, a causa del evidente esfuerzo que hacía por dominarse.
La muchacha se puso en pie. De pronto, le acudió la idea descabellada de enseñar al ser que más quería en el mundo a aquél a quien quisiera tanto antaño. Pero, antes de decirlo, miró al rostro de su padre. ¿Se enfadaría?
La expresión del príncipe no era de enojo, sino de sufrimiento.
—¡Sí! ¡Vete, vete! —exclamó. Gracias a Dios, mañana volveré. Entonces, decidiremos. ¡Adiós, querida! ¡Adiós!
Y de nuevo tuvo que hacer grandes esfuerzos para contener los sollozos que le apretaban la garganta.
* * *
Cuando Mijail Ivánovich volvió a casa de su hermano, Alexandra Dimitrievna le preguntó:
—¿Qué hay?
—Pues… nada.
—¿La has visto? —preguntó Alexandra Dimitrievna, adivinando, por la expresión del príncipe, que había ocurrido algo.