Cuentos populares

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I

Esto sucedió no hace mucho; fue durante el reinado de Alejandro II, en esa época de civilización y progreso, de grandes problemas, de renacimiento, cuando el victorioso ejército ruso volvía de Sebastopol, después de haber entregado la ciudad al enemigo; cuando Rusia en pleno festejaba el hundimiento de la flota del mar Negro, y Moscú, la ciudad de piedra blanca, felicitaba con motivo de ese afortunado acontecimiento al resto de la tripulación, brindando con una copa de buen vodka ruso y, siguiendo la tradición, le ofrecía el pan y la sal. Fue en la época en que Rusia, representada por sagaces políticos, lloraba por la ilusión perdida de celebrar oficios religiosos en la catedral de Sofía y por la pérdida, tan sensible para la patria, de dos grandes hombres, caídos en la guerra (uno de ellos, arrastrado por el deseo de celebrar misa en la citada catedral, murió en los campos de Valaquia; bien es verdad que al mismo tiempo dejó allí dos escuadrones de húsares; y el otro, un hombre inapreciable, se dedicaba a repartir entre los heridos té, sábanas y dinero ajeno sin robar ninguna de estas cosas); fue en la época en que los grandes hombres brotaban como setas por doquier, en todas las ramas de la actividad humana; jefes de ejército, administradores, economistas, escritores, oradores; en una palabra, personas de gran valía, aunque sin vocación ni objetivo determinados.


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