Cuentos populares
Cuentos populares El hijo, Serguei, se había ocupado de todas las cuestiones materiales durante el viaje. Le faltaba experiencia, pero tenía, en cambio, la energía y la actividad propias de los veinticinco años. Sin causas importantes, al parecer, había bajado lo menos veinte veces al coche, sin ponerse la pelliza, estremeciéndose de frío, y había vuelto a subir los peldaños de la escalera de dos en dos o de tres en tres con sus largas piernas. Natalia Nikolaievna temía que se enfriase. Serguei aseguró que no tenía frío, y continuó dando órdenes. Iba de un cuarto a otro dando portazos y, cuando las cosas habían quedado ya en manos de los criados, recorrió aún varias veces todo el piso, saliendo por una puerta del salón y entrando por la otra, siempre en busca de algún trabajo nuevo.
—¿Querrás ir a los baños, papá? ¿Te parece que me informe? —preguntó al fin.
El papá estaba pensativo y parecía no darse cuenta de dónde se encontraba. Tardó una hora en contestar. Había oído aquellas palabras sin entender el significado. Pero de pronto comprendió.
—Sí, sí; infórmate, por favor. Hay unos en el puente Kamenyi.
El cabeza de familia recorrió las habitaciones con paso apresurado e inquieto y se sentó en una butaca.