Cuentos populares

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Éste había ido a informarse acerca de los baños.

—Pero no, porque no podrás pasar directamente al salón. ¿Qué opinas tú, Natasha?

—Tranquilízate, Pierre; todo se arreglará —replicó la esposa desde la habitación contigua, donde unos mujiks entraban las cosas.

Pierre se encontraba en un gran estado de excitación producido por la llegada.

—Ten cuidado, no confundas las cosas de Serioja. Fíjate cómo han tirado sus esquíes en el salón.

Fue a recogerlos en persona. Como si de eso dependiera el orden futuro de la instalación, los levantó con sumo cuidado y los apoyó en el quicio de la puerta. Pero en cuanto se hubo alejado, los esquíes cayeron estrepitosamente. Natalia Nikolaievna hizo una mueca y se estremeció. Luego, al darse cuenta de lo que se había caído, se limitó a decir:

—Sonia, hija mía, recoge eso.

***

—Recoge eso —repitió el marido—; mientras voy a ver al dueño, pues de otro modo no acabaréis nunca de arreglar las cosas. Es preciso hablar con él.

—Es mejor mandar a buscarlo, Pierre. ¿Para qué te vas a molestar?

El anciano accedió.


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