Cuentos populares

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Pero de pronto se sintió avergonzado de hablar siempre de sí mismo, y comenzó a hacer preguntas a monsieur Chevalier acerca de su familia y de sus asuntos. Serguei Petrovich, que había vuelto, no parecía aprobar la conducta de su padre; había notado un gesto de descontento por parte del dueño, y recordó a Piotr Ivanovich que debía ir a los baños. Pero al anciano le interesaba saber más cómo marchaba un hotel francés en Moscú en el año 56 y qué hacía madame Chevalier. Finalmente, el dueño se inclinó preguntando si le ordenaban algo más.

—¿Vamos a tomar el té, Natasha? ¿Sí? Entonces, que nos lo sirvan, por favor, y ya volveremos a charlar otro rato después, mi querido monsieur.

—¿Cuándo vas a ir a los baños, papá?

—Tienes razón… Entonces no es preciso que nos sirvan el té ahora.

Así, pues, el único resultado positivo de la charla le fue arrebatado al dueño. Piotr Ivanovich se sentía feliz y orgulloso en su instalación. Le disgustó cuando los cocheros le pidieron propina, porque Serioja no tenía cambio. Y se disponía a mandar otra vez en busca del dueño, cuando se le ocurrió la afortunada idea de que no solo él debía estar contento aquella noche. Tomó dos billetes de tres rublos y poniendo uno de ellos en mano de un cochero, dijo:


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