Cuentos populares
Cuentos populares Una vez que hubo terminado con todo, Natalia Nikolaievna se arregló el cuellecito y los puños, limpios a pesar del viaje, se peinó y tomó asiento junto a la mesa. Sus encantadores ojos quedaron fijos en el vacío, como si mirase a la lejanía. Así descansaba. Parecía descansar no sólo después de haber ordenado las cosas, no sólo del viaje, no sólo de unos cuantos años penosos, sino de toda la vida. Aquella lejanía que contemplaba, en la que se le representaban vivos los rostros queridos, constituía el reposo que deseaba. Fuese el amor heroico que sintiera por su marido, el cariño que tuviera a sus hijos, cuando eran pequeños, la dolorosa pérdida de un ser allegado o una particularidad de su carácter, el caso es que cualquiera que viese a esta mujer comprendería que ya no podía esperar nada de ella; hacía mucho tiempo que se había entregado toda a la vida. Conservaba un porte digno y una expresión de delicada tristeza, como un recuerdo, como la luz de la luna.
Nadie se la podía imaginar sino rodeada de respeto y de todas las comodidades de la vida. No podía suceder que tuviese hambre y comiera con avidez, que llevara la ropa sucia, que tropezara o que olvidara emplear el pañuelo. Eso era materialmente imposible. No se sabe por qué, pero el caso es que todos sus movimientos resultaban llenos de solemnidad, gracia y gentileza para los que disfrutaban su presencia.
Sie pilegen und weben.