Cuentos populares

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Desde hacía muchos años, todos los sábados, solía decir esta frase. Piotr Ivanovich, al oírla, experimentaba timidez y alegría. Se sentaron ante la mesa; esparcióse por la estancia un agradable aroma a té y a tabaco; se oyeron las voces de los padres, de los hijos y de los criados, que recibieron sus tazas de té en la misma habitación. Recordaron los incidentes graciosos del viaje, se admiraron del peinado de Sonia y rieron. Geográficamente se habían trasladado a cinco mil verstas[28], a un medio completamente distinto, ajeno a ellos, pero moralmente aquella noche estaban lo mismo que en su casa. Seguían siendo tales como lo habían sido en aquella vida familiar de prolongado aislamiento. Al día siguiente sería distinto. Piotr Ivanovich se acercó al samovar y encendió la pipa. En el fondo, no se sentía alegre.

—Bueno, ya estamos aquí; me alegro que no veamos a nadie hoy; esta noche será la última que pasemos en familia.

Y ahogó estas palabras con un gran trago de té.

—¿Por qué la última, Pierre?

—¿Por qué? Pues porque los aguiluchos han aprendido a volar; tienen que hacerse sus nidos. Desde aquí, cada cual se echará a volar por su lado.

—¡Qué tonterías! —exclamó Sonia, tomando el vaso de manos de su padre y sonriendo con la sonrisa de siempre—. El antiguo nido es excelente.


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