Cuentos populares
Cuentos populares Al cabo de un rato, uno de los jóvenes se marchó al club. Después de recorrer las salas donde los viejecitos jugaban a las cartas, permaneció un ratito junto a una mesa de billar. Un anciano importante, agarrado al borde de la mesa, intentaba hacer carambola. Echó una ojeada a la biblioteca; un general leÃa en actitud grave, a través de sus lentes, sujetando el periódico a cierta distancia, y un joven hojeaba un montón de revistas, procurando no hacer ruido. Finalmente, se instaló al lado de unos muchachos pertenecientes también a la juventud de oro, que jugaban a las cartas. HabÃa muchos clientes asiduos del club. Entre éstos se encontraba Iván Pavlovich Pajtin. Era un hombre cuarentón, de mediana estatura, ancho de hombros y de caderas, calvo, de rostro afeitado, reluciente y de expresión feliz. No tomaba parte en el juego. Se habÃa sentado al lado del prÃncipe D***, al que tuteaba, para no rechazar la copa de champaña que le habÃa ofrecido. Estaba tan a gusto —después de comer, se habÃa soltado disimuladamente la trabilla del pantalón—, que hubiera permanecido asà un siglo fumando, bebiendo champaña y sintiendo la presencia de prÃncipes y condes e hijos de ministros. La noticia de la llegada de los Labazov turbó su tranquilidad.
—¿Adónde vas, Pajtin? —preguntó el hijo de un ministro, al observar que éste se habÃa levantado y, después de estirarse el chaleco, apuraba de un trago la copa de champaña.