Cuentos populares
Cuentos populares —No, señor, no es cierto; eso sucedÃa antes igual que hoy, aunque en los tiempos que corren ocurra con más frecuencia… ¡Ahora sabe la gente tanto!…
El abogado respondió al viejo algo que no pude entender, porque, como la velocidad del tren iba en aumento, era tal el ruido que no les oÃa ya distintamente. Picado de curiosidad por saber lo que dirÃa el abuelo, me acerqué. También mi vecino, el caballero nervioso, estaba evidentemente interesado, y prestaba oÃdo sin cambiar de sitio.
—Pero ¿qué daño hace la instrucción? —preguntó la señora con una sonrisa apenas perceptible.
—¿SerÃa mejor casarse como antes, cuando los novios no se veÃan siquiera antes del matrimonio? —continuó, respondiendo, según la costumbre de nuestras señoras, no a las palabras de su interlocutor, sino a las que creÃa que iba a decir.
—Las mujeres no sabÃan si llegarÃan a amar, ni si serÃan amadas; se casaban con el primer advenedizo, y después lloraban toda la vida. Por lo visto, según ustedes, las cosas andaban mejor de esa manera —prosiguió, dirigiéndose al abogado y a mà solamente.
—¡Ahora sabe tanto la gente! —volvió a decir el viejo, mirando con desdén a la señora.
—Quisiera saber cómo explica usted la correlación entre la instrucción y los sentimientos conyugales —profirió el abogado sonriendo ligeramente.