Cuentos populares

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—Su boda fue una historia muy romántica que sucedió ante mis ojos. Natasha era ya casi la prometida de Miatlin, que murió después de un duelo con Diobra. Por aquella época llegó a Moscú el príncipe Labazov, se enamoró de ella y pidió su mano. Pero Krinsky se opuso porque quería casar a su hija con Miatlin, ya que a Labazov se le tenía por masón. El joven siguió viendo a Natasha en bailes y reuniones, trabó amistad con Miatlin y le pidió que renunciara. Éste accedió y Labazov suplicó a la muchacha que huyera con él. Aunque Natasha se había mostrado conforme, en el último instante se arrepintió. Fue a ver a su padre. Le dijo que había dispuesto todo para huir, que hubiera podido abandonarle, pero que lo hacía confiando en su magnanimidad (esta conversación tuvo lugar en francés). Krinsky la perdonó y acabó dándole su consentimiento. De esta forma se arregló la boda y fue de lo más alegre… ¿Quién iba a pensar que al cabo de un año Natasha seguiría a Labazov a Siberia? Era hija única y la muchacha más rica y más bella de aquella época. El emperador había reparado en ella en las fiestas y la había sacado a bailar más de una vez. Recuerdo como si fuese ayer un bal costumé en casa del conde G***, ella iba de napolitana. ¡Estaba preciosa! Desde entonces, siempre que el conde venía a Moscú, preguntaba: «Que fait la belle Napolitaine?». Pues bien: de la noche a la mañana, esa mujer que estaba en estado (dio a luz durante el viaje), sin vacilar un solo instante, sin haber preparado nada, tal y como se encontraba cuando lo detuvieron, siguió a su marido en un viaje de cinco mil verstas.


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