Cuentos populares

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—¡Es una mujer extraordinaria! —exclamó la dueña de la casa.

—Tanto él como ella eran personas excepcionales —dijo otra dama—. Me han asegurado, no sé si será verdad, que en Siberia, cuando trabajaban en las minas los forzados que estaban con ellos, se redimían.

—Pero si ella no ha trabajado nunca en las minas —intervino Pajtin.

He aquí lo que representaba el año 56. Tres años atrás, nadie pensaba en los Labazov. Si alguien se acordaba de ellos, era con ese inconsciente temor con que se recuerda a las personas que acaban de morir. Ahora, en cambio, todos se jactaban de las relaciones que tuvieron con esa familia y comentaban sus magníficas cualidades. Las señoras ideaban la manera de monopolizarla para que sus invitados disfrutaran de su presencia en el salón.

—Los hijos han venido con ellos —dijo Pajtin.

—Si son tan guapos como la madre… —comentó la condesa Fuchs—. A decir verdad, Labazov era muy apuesto también.

—¿Cómo habrán podido educar allí a sus hijos? —exclamó la dueña de la casa.

—Dicen que muy bien. Parece que el joven es tan culto y tan cortés como si se hubiese educado en París.


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