Cuentos populares

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Los padres se sentaron en el fondo de un coche de alquiler; la hija, enfrente de ellos; Vasili, en el pescante, y se dirigieron al Kremlin. Al apearse del coche, las damas se arreglaron los vestidos; Piotr Ivanovich tomó del brazo a su mujer, y con la cabeza erguida, se dirigió hacia la puerta de la iglesia. La gente se preguntaba quiénes podían ser aquellos señores. ¿Quién era ese viejecito curtido por el sol? Tenía profundas arrugas de trabajador, unas arrugas que no se adquieren en el club inglés; sus cabellos y su barba eran blancos como la nieve, su mirada altiva, aunque bondadosa, y sus movimientos enérgicos. ¿Quién era aquella dama alta, de majestuosos andares y de grandes ojos apagados? ¿Quién aquella muchacha lozana, esbelta, que no vestía a la moda ni se mostraba tímida?

No eran comerciantes, ni alemanes. ¿Serían nobles? Tampoco suelen ser así. Sin embargo, se deducía que se trataba de personas importantes. Así pensaban los que se encontraban con ellos en la iglesia y, no se sabe por qué, les cedieron el paso con más gusto que a los que lucían vistosas charreteras. Piotr Ivanovich rezaba en actitud reconcentrada, sin distraerse. Natalia Nikolaievna se arrodillaba a ratos y vertió abundantes lágrimas cuando cantaron Gloria a los querubines. Sonia parecía hacer un esfuerzo para seguir la misa; no le gustaba rezar; sin embargo, no volvía la cabeza para nada, y se santiguaba atentamente.


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