Cuentos populares

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Su batín, desabrochado, que dejaba al descubierto la camisa de percal, la boquilla de ámbar, el lacayo con sus ademanes reposados, el té, el olor a tabaco, los besos y las voces de sus hijos hicieron que el decembrista se sintiera como en su casa, lo mismo que cuando estuviera en Irkutsk, y lo mismo que hubiera estado en Nueva York o en París. Me gustaría presentar a mis lectores al héroe decembrista por encima de las flaquezas humanas, pero debo reconocer en honor a la verdad que Piotr Ivanovich se afeitó, se peinó y se contempló en el espejo con especial cuidado. El traje que le habían hecho en Siberia no era de su agrado; se abrochó y desabrochó la levita un par de veces para ver cómo quedaba mejor. Natalia Nikolaievna entró en el salón produciendo un ligero rumor con su vestido negro de muaré. Llevaba unas mangas muy llamativas y unos lacitos en la cofia que estaban lejos de ser la última moda. Pero en ella resultaban muy graciosos y no solo no eran ridicules, sino hasta distingués. Para esta clase de cosas las mujeres tienen un incomparable sexto sentido.

Aunque la ropa de Sonia era de hacía dos años, no se le hubiera podido reprochar nada tampoco. El vestido de la madre era oscuro y sencillo; el de la hija, claro y alegre. Serioja se despertó muy tarde, de manera que fueron a misa sin él.


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