Cuentos populares
Cuentos populares ¡Qué lástima de doscientos cincuenta rublos gastados inútilmente en la tienda de confecciones de Kuntz! Cualquiera hubiera aconsejado a Serioja y hubiera considerado como un honor acompañarlo a casa de un sastre para que se encargara un traje. Pero el muchacho se encontraba solo entre una multitud desconocida. Con la gorra calada, iba abriéndose paso por el puente Kuznietzky sin mirar siquiera a las tiendas. Cuando llegó al final entró en una de ellas. Salió de allí vistiendo un frac marrón estrecho (se llevaban anchos), unos pantalones negros, anchos (se llevaban estrechos) y un chaleco de raso con florecillas, que ningún huésped del hotel Chevalier hubiera permitido que se pusiera ni siquiera su lacayo. Compró, además, otras muchas cosas. Kuntz se sorprendió de la esbeltez del talle del joven. Le aseguró —solía hacerlo lo mismo con todos los clientes— que en su vida había visto otro igual. Serioja sabía que tenía la cintura estrecha; sin embargo, le halagó que se lo dijera un extraño. Al salir de la tienda, tenía doscientos cincuenta rublos menos e iba tan mal vestido que, al cabo de dos días, su traje pasó a manos de Vasili. Eso constituyó siempre un recuerdo desagradable para Serioja. Una vez en el hotel, se instaló en la sala grande, desde donde echó miradas a la de la francesa. Encargó para almorzar unas cosas tan raras que hasta hizo reír al criado. Pidió una revista y fingió leer. El mozo, viendo la inexperiencia del joven, se permitió hacerle algunas preguntas. Serguei exclamó, enrojeciendo: