Cuentos populares

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Y se dirigió al encuentro de su hermano con pasos resueltos. Acogió a los recién llegados como si los hubiese visto la víspera.

—¿Cuándo llegasteis? ¿Dónde os habéis hospedado? ¿Habéis venido en coche?

Tales fueron las preguntas de María Ivanovna mientras introducía a los huéspedes en el salón; pero no prestó atención a las respuestas; miraba con los ojos muy abiertos tan pronto a uno como a otro. La Besheva se sorprendió de esa tranquilidad, que casi parecía indiferencia, y no la aprobó. Todos sonreían; María Ivanovna miró en silencio a su hermano con expresión seria.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó éste, tomándola de la mano.

Piotr la llamaba de «usted»; en cambio ella le tuteaba. María Ivanovna volvió a examinar la barba canosa, la cabeza calva, los dientes, las arrugas, los ojos y la tez curtida de su hermano, y lo reconoció todo.

—Ésta es mi Sonia.

Pero María Ivanovna no se volvió.

—Qué ton…

Se le quebró la voz. Asió con sus grandes manos blancas la cabeza de su hermano. Había querido decir: «Qué tonto eres. ¿Por qué no me has avisado?», pero se le estremecieron los hombros y el pecho, se le crispó el rostro y empezó a sollozar, mientras apretaba contra sí la cabeza de Labazov, repitiendo.


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