Cuentos populares
Cuentos populares —Por favor, vaya a decir que no recibo —dijo a la Besheva—. Tengo que escribir a Pierre; no comprendo por qué no viene. Natalia Nikoiaievna debe de estar enferma.
MarÃa Ivanovna estaba persuadida de que su cuñada no la querÃa y era enemiga suya. No podÃa perdonarle el no haber sido ella, la hermana de Pierre, quien hubiese sacrificado su fortuna y se hubiese marchado a Siberia con él. Le dolÃa que la hubiesen rechazado cuando quiso hacerlo.
Al cabo de treinta y cinco años empezaba a creer a su hermano, quien afirmaba que Natalia Nikolaievna era la mejor esposa del mundo y su ángel guardián; pero en el fondo la envidiaba y le parecÃa que era una mala mujer.
Se levantó, recorrió la sala y se disponÃa a dirigirse al despacho cuando asomó por la puerta la cabeza canosa y el rostro surcado de arrugas de la Besheva; expresaba alegrÃa y temor.
—MarÃa Ivanovna, prepárese usted —dijo.
—¿Una carta?
—No. Algo más…
Pero antes que terminara la frase se oyó desde el vestÃbulo una recia voz de hombre.
—¿Dónde está? Vete tú, Natasha.
—¡Es él! —exclamó MarÃa Ivanovna.