Cuentos populares

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Llevaba cuarenta años en Moscú. Era una mujer de escasa inteligencia. No poseía grandes bienes ni apreciaba las buenas relaciones. Sin embargo, todo el mundo la respetaba. Estaba segura de que todos debían hacerlo, y así era en efecto. Algunos jóvenes liberales de la Universidad no reconocían su poder, pero solo se oponían a ella en ausencia suya. En cuanto entraba en el salón con sus andares majestuosos, empezaba, a hablar con aquella severidad que le era peculiar o sonreía con expresión afectuosa, todos se le sometían. Trataba a los habitantes de Moscú como a personas de la familia. Entre sus amistades preponderaban los jóvenes y los hombres inteligentes; no simpatizaba con las mujeres. Vivían a expensas suyas algunos hombres y mujeres, pertenecientes a ese tipo de personas que, gracias a nuestra literatura, gozan del desprecio general. Pero ella consideraba que Skopin, que había perdido todo lo que tenía en el juego, y Besheva, abandonada por su marido, estaban mejor en su casa, y por eso los mantenía. Dos intensos sentimientos dominaban su existencia en aquella época. Piotr Ivanovich era su ídolo. El príncipe Iván, el objeto de su odio. Ignoraba que Piotr Ivanovich hubiese vuelto. Después de haber oído misa, estaba tomando el café. Un vicario de Moscú, Besheva y Skopin se hallaban sentados en torno a la mesa. María Ivanovna les hablaba del joven conde V*** hijo de P. Z***, que había vuelto de Sebastopol y del que estaba prendada. (Constantemente tenía alguna pasión). Aquel día vendría a comer a casa. El vicario se puso en pie para despedirse. María Ivanovna no lo retuvo. En este sentido era librepensadora; practicaba la religión, pero se reía de las señoras que visitaban a los monjes, y afirmaba sin ambages que los religiosos eran personas tan pecadoras como los demás, y que uno podía salvarse en el mundo lo mismo que en un monasterio.


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